lunes, 23 de noviembre de 2009

23 de noviembre de 2009 (1 mes y 2 días)

Dicen que hay cosas que no se olvidan en la vida. Han tenido que pasar veintinueve años de la mía para entenderlo, vivirlo y aceptarlo. Y aunque suene a un capítulo cerrado, lo cierto es que no es más que el principio de nuestra historia, el principio de un amor que nunca podrá abrazar ni besar y el de un diálogo que no pasará de monólogo. Porque sí, porque tengo que aceptar que fue real. Aquel día, el más amargo de mi vida, naciste y me despedí de ti de la misma forma en que supe de tu existencia, la misma en que expresé la sensación maravillosa de sentirte por primera vez en mi interior y la misma en que pensaré en ti cada día: con lágrimas.

Siempre creí en la justicia, la divina y la terrena. Basé mi vida en ello y todos mis principios se asentaron en la idea de que las cosas ocurren por un motivo muy justificado.

Con los años, me di cuenta de que la justicia terrena no es más que una gran mentira, como la poesía dulzona de aquellos que eventualmente ocupan esos pomposos sillones situados unos peldaños por encima del resto de los mortales.

En cuanto a la justicia divina, ¿quién iba a decirme que algún día tendría que dudar de ella? Como dirían en el sur, me da coraje compadecerme de mi misma, pero es que pienso en mi propia historia y trato de imaginarme que es la de otra persona y me sigue pareciendo igual de injusto y triste

He sentido de verdad que luchaba, que era capaz de salvar cualquier obstáculo para llegar a ti y que la vida me compensaría a mi por no rendirme y a papá por su bondad, su honestidad y por ser el mejor de los padres (mucho mejor que yo, sin duda).

¿Cómo no recordar esos veintidós meses en que nuestras vidas pasaron de la ilusión a la desesperanza y, finalmente, a la felicidad más absoluta? El día 8 de marzo nos hiciste tan felices que parecía que el corazón nos explotaría de la emoción al ver la rayita del test. Nunca podré borrar esos momentos de mi memoria, como tampoco los ocho meses intensos de embarazo que hemos compartido, vida mía.

Lo superamos todo, mi ángel, todo, pero el final del camino fue demasiado duro para ti. Siento tanto, tantísimo, no haberte podido proteger dentro de mi. Siento tanto que mi propio cuerpo acabara con tu vida. Siento tanto no haberte podido abrazar. Cariño, perdóname por haberte dejado solo en la luz. Te amo tanto que seguir adelante sin ti es la peor de las pesadillas. Me despierto cada mañana y miro el lado de la cama buscando tu cuna. Nunca estás, nunca estarás, pero siempre te tendré en mi.

Hoy hemos vuelto definitivamente a casa, pero me siento como si ya no perteneciese aquí. Aún huelo la sangre en la habitación. No soporto el enorme vacío que has dejado aun sin haber llegado. Y cruzar el umbral sin ti... Te has ido, pero una parte de mi también.

Sí, Xavi y papá deben guiarme y por ellos debo ser fuerte, pero me faltas tanto...